lunes, 29 de junio de 2015

Pensativo de ti (poema)

Va de a poco la noche clausurando mis vigilias,
en palpitante almohada de tus senos,
reclino mi cabeza pensativa de ti.
¿No es cierto que tu amor y mi amor
conjugan con los latidos
de tu corazon al borde del mio
tiempos, tiempos, eternidades?
aun no han rodado las ondas del ensueño,
sobre mi alma abismada en tu alma,
tu respiracion es un leve arrullo,
pues aniñado estoy al filo de tu falda.
Llena, candorosa muchachita, mi vesania,
de locuras nuevas que te repitan,
hasta el infinito, infinitamente,
infinitecimalmente juntos,
como al borde de un incierto,
misterio que nunca se revela.
Claror de ojos en que se quiebran
enjoyadas lagrimas de amor furtivo,
hoy en ti se arremansa la ternura,
como palomas heridas de luz,
como el intimo abrazo medular,
del arbol y de la hiedra.
amada mia, ondas de olvido quiero,
de tu querer sincero.

Encontrarse a si mismo

"El ser humano es un misterio que se cree su propia revelación", escribí en un poema. Hace mucho que he escrito esta frase y cada día creo más en ella, y este pensamiento tiene directa correlación con otro que vino a mi mente mientras paseaba por las vistosas calles del barrio porteño de Caballito: "Lo conocido no es más que un misterio al que estamos acostumbrados". De lo cual cabe colegir que nuestras respectivas personas son profundos misterios al que no obstante esto estamos acostumbrados; ya sea porque creemos habernos encontrado a nosotros mismos o porque simplemente, inmersos en la rutina, no nos preguntamos demasiado respecto a nuestro ser último. No refluir sobre la propia esencia en busca de nuestras raíces más profundas es una especie de sueño, sueño deletéreo, toda vez que si no estamos en ese estado de preguntarnos permanentemente quienes somos, seremos aquellos a quienes condicione el entorno, el cual está a su vez gobernado por una elite que rige los destinos del mundo, a la que obviamente le conviene que las personas esten lo más dormidas posible. "Sólo alborea el día para el que estamos despiertos", dijo Henry David Thoreau. Si permanecemos sumidos en el sueño de la apatía y el  conformismo dificilmente podamos tener pensamiento autónomo..."masticaremos lo ya masticado" en cuanto a absorber o asimilar pensamientos predigeridos por las mentes que tras bambalinas son las que de verdad regulan nuestras vidas, a menos que nos plantemos firmemente decididos a pensar por nosotros mismos.

Yo soy el que soy (micro ensayo teológico)

Cuando Moises se encuentra por vez primera con Dios, le pregunta por su nombre y la Deidad le responde: "Yo soy el que soy". A Jorge Luis Borges le fascinaba este "nombre" de la divinidad. "Yo soy el que soy" es decir el ser de seres, el ser de todo cuando tiene ser, de todo cuánto tiene entidad. Esta forma en que Dios se nombró a si mismo, nos remite directamente a la eternidad. Se supone que la eternidad es la cesación del transcurso espacio/temporal. El "río" del tiempo por fin desagua en el mar del no tiempo, en lo eterno. El tiempo gramatical y existencial de Dios es el presente simple "Yo soy", ontológicamente hablando, este presente simple se corresponde con la eternidad, con el no flujo del tiempo, con un continuo presente, en tanto que el tiempo gramatical y trascendental que nos corresponde a los que estamos inmersos en el devenir del tiempo es el gerundio, nosotros "estamos siendo", sólo Dios "es", nosotros venimos a ser, ya que el tiempo nos modifica a cada instante. En el universo material, todo fluye, todo es modificado por el transcurrir del tiempo, pero allende la actividad cósmica y su resultante mas inmediata; el tiempo, se extiende un "oceano" de no-tiempo. Esta eternidad es infinita, pues por definición lo eterno no acaba nunca. Es en esta eternidad en la que podemos hallar a Dios, según la Biblia El es "El Rey de la Eternidad", no habiendo sido creado una vez, jamás tendrá fin. Los ateos declarados no saben que hacer con conceptos como "eternidad", "infinito", y otros términos que denoten la inexistencia de límites. No podemos concebir el infinito sin remitirnos a la idea de Dios, pues lo infinito abarca todo cuánto nos es dable imaginar, desde el átomo y el microcosmos de partículas subatómicas hasta un poder omnímodo, responsable de todo lo creado, poder este innegablemente inteligente, dado que del mismo emergío un cosmos altamente ordenado, omnipotente, en vistas del universo que creó, y eterno, toda vez que se halla ubicado fuera del tiempo. Este razonamiento difícilmente pueda ser rebatido por ateo alguno, y conlleva inevitablemente la idea de una Deidad todopoderosa. Rechazarla no disminuye Su Divinidad. En todo caso disminuye nuestro cuántum de inteligencia en el sentido amplio de este término.

Mi amor primero (poema)


Yo navegaba el patio de la escuela,
encrespado mar aniñado de guardapolvos blancos,
traspasado de melancolias,
desbocado corazon de niño enamorado,
del amor, de la poesia;
en el calendario no se marcar el dia
que abruptamente emergio ella,
como una fuente en medio de la sed
sed de idealidades a flor de labios ateridos;
fue verla y verme abrumado
por el amor mas puro, fuerte como un licor añejo,
me dije, resiste los enbates del amor,
jamas te animaras a vibrar en palabras
claras como la nieve este amor sagrado,
que otros se abismen en el numen,
que retemblar hace a los dioses,
tu huye, vuela mas lejos que las alas
de un amor que te hara consumir en ascuas;
pero no pude doblegar el corazon que imperativo
grito tan alto que aturdio a mi mente;
ella fue de ahi en mas la clara razon
de mi vida oscura, que siempre viro hacia lo gris,
bella era a mis ojos, mas no se si a miradas ajenas,
solo puedo decir que me quemaba el amor que como llamas
brotaba de mi alma enamorada.
Pasaban raudos los dias,
era mi ultimo año en la blanca escuela,
mi maestra, de quien me hubiese enamorado
de no haberle entregado mi corazon a mi niña de los 13 años,
algo advirtió de mi melancolía, pues me decía:
Esteban, intenta jugar con niños que te reclaman,
estas muy solo, date a la risa,
mas yo me desgarraba pues los relojes
coincidian todos en la tacita sentencia,
de no verla mas, de que llegara fatal el dia
ultimo de clases, que la alejaria por siempre
de mis tristes ojos, solo iluminados por su belleza.
En las tardes inciertas de esta vida que navego
sin la brujula de la razon,
a veces me pregunto por que recondito motivo
nunca le dije de mi amor a mi amor
primero, que inauguro latidos de pasion,
solo se que en el albor de la fecha fatal
no me anime a ver nuestro ultimo dia
y me quede solo en mi cama
derramando lágrimas sobre la almohada amiga.

Dos almas (poema rimado)

Tu boca es el destino manifiesto,
de mi boca que rima con tus labios,
en silente poesía. Si funesto,
mi destino fué hasta ahora, resabios,
de tristes recuerdos con tu beso,
quiero curar, para siempre y bienhechora,
emoción me hunde en embeleso,
en el punto exacto en que esta hora
se hace eternidad. Mi bienamada,
¿qué hondo sortilegio ha permitido?
a dos almas humanas la abismada
suerte de sentir cual ángeles transidos,
la emoción que en el elíseo destella,
ya la Tierra nos va quedando pequeña,
de la mano te llevaré a una estrella,
donde no se disipa lo que sueña,
el corazón henchido de pasión,
veo este amor eterno, radiante,
enhebrar de los versos su canción.
y hacerse la chispa de un instante.
A tu nombre le arranco melodías,
infinitas cuando al mirarte lo pronuncio
como creándote con la palabra que un día,
fué de Dios su más esperado anuncio.
El cielo dejo caer el prístino nombre,
que te preside y que te circunscribe,
en ecos de amor; nunca un hombre,
venero más el sonido que se escribe,
a fuego en el corazón enamorado;
un nombre de mujer es un poema
de una sóla palabra, es hechizado,
sonido, es el abanderado lema,
de un idilio que en la noche arde,
como ascuas, como un sagrado fuego,
cuando los cuerpos, que en la tarde,
castamente separados, en un juego,
delicioso, ante la gente estaban;
en el abismo de la madrugada se entrelazan,
uniendo piel y alma, que deseaban,
desde el origen de los tiempos que pasan,
alcanzar la eternidad en un abrazo,
urgente, ardiente, de inflamado eros,
en los golfos etereos de tu regazo,
silente te voy diciendo cuánto te quiero.
en palpitante almohada de tus senos,
apoyo mi cabeza pensativa de ti,
este amor me hace más bueno,
es lo más bello que alguna vez sentí.

Afrodita (cuento)

Hacía un tiempo largo ya que Carlos estaba inmerso en estas pesadillas. Estos malos sueños, densos, lúgubres, poblaban sus noches afiebradas con un argumento recurrente, casi excluyente; los cementerios. Se veía a sí mismo deambulando de noche entre los sepulcros abiertos como heridas macabras en la tierra. Podía contemplar con hórrida lucidez y tétrico detalle esqueletos de los cuales lo que más le espantaba era el indefinible color de los huesos. Solía despertarse con la sensación de estar él mismo yaciente en una fosa. Aquello era demasiado, tenía que acabar con esos sueños antes de que esas repelentes ensoñaciones acabaran con él. La solución propuesta por su psicoanalista lo sorprendió y en principio le hizo rebelarse; visitar a diario cementerios era lo último que quería hacer, pero según dijera la Dra. Campos, Carlos no tenía otro modo de exorcizar su temor que tomar íntimo contacto con el objeto de sus temores más soterrados.
Un domingo de abril, después de haber estado juntando coraje toda la mañana, ingresó al cementerio de La Chacarita, una inmensa necrópolis tapizada con sepulturas, ora primorosamente cuidadas, ora abandonadas. Su mayor temor era encontrarse con una tumba abierta que le hiciera ver los tan temidos esqueletos. La doctora Campos terminó teniendo razon, lo que en un principio resultara ser un penoso deber para con su salud, terminó convirtiendose en un paseo agradable. Paseaba su mirada sobre la empalizada de lápidas y cruces y hondos pensamientos afloraban a su mente de filósofo en cierne. Sí, ya lo habia decidido, sería filósofo y un filósofo debe alejar de su mente todo temor. El frontón de nichos era como un damero donde los que habían jugado el juego de la vida encontraban ahora su lugar en ese juego que la muerte siempre gana. La mayoría de los nichos tenían flores frescas. Los ojos de Carlos recorrieron lentamente las placas de bronce y casi sin darse cuenta comenzó a musitar los nombres que iba viendo. Claudia, Ana, Dora...Y Afrodita. Toda su atención se concentró en ese nicho descuidado. La placa aherrumbrada de bronce hablaba de un abandono prolongado. Cuarenta años habían pasado desde que Afrodita fuera colocada en ese nicho y ya no había flores que vigilaran su muerte. Tal vez su leve peso agotó las fuerzas de unas frágiles manos ya crispadas sobre la nada o quizás simplemente se olvidaron de ella. El frente del nicho tenía una rotura que permitía ver parte de la osamenta. Paradójicamente Carlos no sintió temor sino que fue embargado por una oleada de ternura. Afrodita... Aquella mujer se habrá sentido diosa con ese nombre a cuestas. El nicho lucía una ajada y amarillenta fotografia de Afrodita. Realmente fue una bella muchacha. Las fechas fatales permitieron darse cuenta a Carlos que Afrodita tenía tan solo 20 años cuando murió. Un ciego impulso le hizo robar una flor del nicho vecino y con mano trémula y vista nublada por la emoción la colocó al lado de la foto de Afrodita. Carlos estuvo haciendo averiguaciones con el cuidador de esa sección del cementerio. Preguntó por los familiares de Afrodita. ¿Que quién era él? Era un estudioso, mintió con rapidez, un filólogo que quería saber dónde estaban los restos de Afrodita. Como uno de sus actos póstumos, Afrodita dejó en una biblioteca la entera colección de sus poesías. Ella fue una poetisa consumada, dijo Carlos mintiendo con naturalidad, y dejó verdaderas gemas de la poesía. El cuidador del cementerio, que también escribía poesías, se interesó vivamente en lo que Carlos le narrara y le pidió como favor especial que le mostrara algunos de aquellos poemas.
Carlos comenzó a sentir una irrefrenable necesidad de visitar el nicho de Afrodita. Le llevaba flores, le lustraba la placa de bronce y hasta pagó de su bolsillo para que repararan la grieta del nicho a través de la cual se veía la osamenta. Sentía una ligazón incomprensible con aquella mujer perdida en la noche de los tiempos. Pero ahora había que escribir las poesías de Afrodita para mostrárselas al cuidador, quien no le perdía pisada entusiasmado por la posibilidad de leer una bella poesía inédita. Carlos se sentó frente a su escritorio. Él, cuando chico, le escribió unos poemas llenos de guasa a una compañerita del colegio de la cual estaba enamorado, pero en rigor de verdad nunca había escrito verdadera poesía. Era medianoche. Una luna enorme asomaba por entre los pinos situados en frente de su casa, Tenía frío. Su mente estaba como nublada, ¡Afrodita! Dijo con ternura reconcentrada. Prorrumpió en un sollozo. Afrodita se merecía el mejor de los poemas. ¡Afrodita! Repitió, como invocando a una diosa. De pronto sintió un súbito escalofrío, la mano se crispó sobre la reluciente lapicera y la poesía comenzó a fluir. Estuvo escribiendo toda esa noche, escribió, escribió y escribió presa de un frenesí irrefrenable. Escribió hasta pasado el medio día, sin sentir cansancio alguno. Al terminar de escribir tenía unos dos centenares de poemas exquisitos, de una absoluta belleza. Al día siguiente fue hasta el cementerio y le mostró algunos de los poemas al cuidador, quien se quedó sin aliento. Eso lo escribió Dios, dijo el cuidador... o un ángel, replicó Carlos. Afrodita le había inspirado desde su recóndito cielo esos poemas en virtud de la ligazón que Carlos tenía con su alma, bella, luminosa, la que sin duda estaba muy cerca de la Divinidad.
A Carlos se le ocurrió una idea, Haría copias mecanografiadas de los poemas de Afrodita y luego diría que los originales se perdieron en un descuido. Carlos le mostró los poemas a la Dra. Campos quien tenía extensos contactos con el mundo de la literatura. Le dijo lo mismo que le dijera al director del cementerio, que los poemas eran de Afrodita. Académicos, poetas renombrados, editores, todos se maravillaron de que una poetisa volviera de la muerte para darle al mundo su poesía. Los restos de Afrodita fueron llevados a pulso por literatos eminentes hasta el panteón de escritores. En la reluciente placa se podían leer unos versos que, según Carlos, Afrodita le dedicara a un amor imaginario con el que soñaba: “En la noche interminable de la muerte llevaré tus palabras como lámpara”.

El sonido más hermoso (cuento)


Cuando decidieron poner ese negocio, mixtura de cerrajería y casa de reparaciones eléctricas, Carlos y su madre se abocaron a la búsqueda del local más apropiado y cuyo alquiler mejor se adecuara a su limitado presupuesto. Fue así que Carlos erró por las calles del barrio porteño de Caballito, en busca del local que mejor se aviniera a sus necesidades. Él, asi lo esperaba, tendría en ese negocio la oportunidad de conocer alguna mujer de la que enamorarse y quien correspondiera a su amor, por eso queria que el escenario de ese eventual romance tuviera lugar en el barrio que más amaba.
Caballito es un barrio de clase media, muy bonito, según el consenso general, donde se alternan casas de altiva belleza con edificios modernos y vistosos. Se trata del centro geografico de Buenos Aires, y al decir de Carlos bien podria ser el centro del alma porteña. Después de una ardua búsqueda, que incluyó varias visitas a inmobiliarias, no dio con ese local. Cansado de tanto caminar, se sentó en un banquito del Parque Rivadavia. Mientras disfrutaba insensiblemente de la gravitación del parque y del barrio donde ese parque está engastado, se le aproximaron dos predicadores estadounidenses de la religion mormona. Lo primero que le llamó la atención fue el tipo fisico de aquellos predicadores. Anglosajones puros, sus rasgos le parecieron hondamente distintos a los de los habitantes de Buenos Aires. Uno de ellos, hablando un español correcto pero con fuerte acento norteamericano, le preguntó si estaba dispuesto a aceptar que Jesús es el hijo de Dios, mientras el otro predicador le mostraba una pequeña estampa que Carlos, por su miopía, no alcanzó a descifrar, pero que obviamente debia aludir a la religión que le estaban predicando. Carlos dijo que sí, que aceptaba ese hecho y en una brusca mezcla de asuntos celestiales y terrenales les dijo a los predicadores que él estaba buscando un local donde montar un negocio de cerrajeria y reparaciones electricas. Inopinadamente, los mormones se ofrecieron a ayudarle en el montaje del local. Carlos les agradeció y les preguntó dónde podían ser hallados. Ellos le dieron el dato requerido y sin dejar de sonreír se fueron, no sin antes dejarle la estampita que le habían mostrado. Carlos la contempló con atención. En el reverso de la misma, podía leerse un sucinto informe de los orígenes de la religión mormona. Según este informe, al fundador de esta religion, Joseph Smith, le fue revelado el Libro de Mormón mediante el uso del Umin y Tumin, un talisman que Dios le deparó como milagro personal. Al influjo de dicho talisman, Joseph Smith tradujo unas planchas de oro que Dios le hizo llegar de modo milagroso y esa traducción es lo que hoy se conoce como el Libro de Mormón. A lo largo de su vida, Carlos fue abordado por predicadores de cuanta religion existe, católicos, evangelistas, Testigos de Jehova, budistas, Hare Krishna, Adventistas del séptimo día... era, según pensó, como si Dios lo estuviera buscando. Dios me quiere entre sus prosélitos, pensó, pero yo no soy muy religioso y no quiero fingir una devoción que no es mía. Creía en Dios, pero su creencia era vaga y difusa y ninguna religión podía dar orden y forma a esa creencia. No era agnóstico, pero prefería tomar directo contacto con la Deidad a permitir, en el desarrollo de su espiritualidad, la intermediación de la religion organizada.
Un dia que Azucena, la madre de Carlos, se cruzó al pequeño mercado situado en frente de su casa para preguntar por unas máquinas de cerrajería, la dueña del mercado le ofreció el local donde estaban expuestas esas máquinas. Carlos fue embargado por sensaciones contrapuestas; por un lado el local estaba lejos de Caballito, el barrio que tanto amaba, pero por otro lado la cercanía del negocio con su hogar le haría mas fáciles las cosas al no tener que viajar todos los dias. Luego de algunos regateos cerraron trato. Ana, la hija de la dueña del mercado, era una mujer de unos treinta y cinco años, morena, de largos cabellos, su condicion de abogada le confería una cierta precision al expresarse, no exenta de amabilidad, Ana realmente era una persona cálida y simpática. Carlos creyó ver en ella algo más que simpatía, se había enamorado de ella. Ana estaba casada y tenía dos hijos, por lo cual Carlos reprimió su amor naciente y se limitó, como había hecho en tantas otras ocaciones, a rendirle un culto silente a su amada.
Carlos y su madre, luego de trabajar árduamente, consiguieron poner el negocio en condiciones de ser inaugurado. Pintado de blanco, adornado profusamente, parecia más una pequeña boutique que una cerrajería. A sus treinta y cuatro años, Carlos encaraba la inauguración del negocio con el entusiasmo de un adolescente.
Ana tenia su oficina contigua al local de Carlos. Su presencia gravitaba sobre la mente y el corazón de él. El trabajo en el negocio era intenso y Carlos se veia por momentos abrumado, toda vez que apenas podía concentrarse en los quehaceres cotidianos debido a que no le era posible dejar de pensar en Ana. Grande fue su sorpresa cuando uno de los empleados del mercado le dijo que tanto Ana como su madre eran pastoras evangelicas... ¡Dios me esta buscando! Pensó con una mezcla de emoción y aversión. Creyó que jamás podría hacer que Ana incurriera en pecado adulterando con él, siquiera con el pensamiento, toda vez que estaba consagrada al Supremo, por lo cual, determinó en su corazón hacer todo lo posible para desenamorarse de ella. "Dios, suplico, envíame una mujer libre de compromisos a la que pueda amar siendo correspondido en mi amor".
Pasaron los meses y el amor de Carlos por Ana se fue apagando como un lento atardecer, tanto más que ella apenas aparecia por el mercado. Una tarde, antes del cierre del negocio, llegó una mujer pidiendo que le hicieran una copia de sus llaves. Carlos en un principio la atendió rutinariamente, hasta que reparó en su belleza. De rostro triangular, con pómulos salientes, pelo castaño mas bien corto y unos ojos increíblemente celestes y claros. Tenia un muy raro nombre de cuatro letras, que por lo que se verá luego, no se puede desvelar. Carlos escuchó ese nombre como quien comprende al fin la belleza de la música de Mozart. ¡Qué bello nombre! Pensó, un nombre que penetró en su mente y en su corazón con fuerza arrolladora. El enamoramiento fue fulminante, tanto más que Carlos advirtió en esa preciosa mujer, maravillado y henchido de felicidad, que su amor era correspondido. El amor por ella, sobrepasó al instante todos los amores que hubo tenido, fue como si hasta ese entonces su corazón no hubiera entendido del todo el lenguaje del amor, lenguaje que, si el amor es lo suficientemente grande, se disminuye a las módicas proporciones de una sola palabra, un solo nombre... el de ella. Habian pasado tan solo diez minutos pero toda la eternidad transcurrió en ese lapso. Terminó las llaves y, con pulso trémulo, se las entregó al tiempo que le sostenía la mirada ahondándose en esos ojos de cielo como en lo profundo de un mar.
Ella militaba en el partido humanista y, la vez siguiente que fue al negocio de Carlos, le llevo una serie de folletos que ella misma había hecho imprimir, a los efectos de que los repartiera entre su clientela. Carlos leyó el breve editorial de ese folleto escrito por su amada y se enamoró más aún de ella. Detrás de esos ojos celestiales alienta un alma bella y noble, pensó.
Ella concurría con asiduidad al negocio de Carlos, según ya advertía él, con meras excusas para verlo. Un día, al darse cuenta que la mayoría de los folletos que ella habia llevado al negocio no se habian distribuido, le pidió a Carlos que los repartiera sin restricción alguna. Carlos le contestó que él se mostraba selectivo en la entrega de esos folletos para que llegaran a personas calificadas a los efectos de comprender el mensaje que en los mismos se transmitía. Ella hizo un mohín y le espetó: "No te muestres selectivo con la gente, porque si yo hubiese tenido un criterio selectivo con vos no te habria encarado". Carlos no respondió palabra pero sintió que su amada le clavaba un puñal en el corazón. ¿Qué le quiso decir con eso? ¿Le consideraba acaso una persona de baja condición social? En todo caso, ¿por qué se lo echó en cara si lo amaba? Carlos dejó prevalecer su orgullo y de ahí en adelante tendió un manto de silencio sobre ella.
Cuando aquella mujer iba al negocio, Carlos dejaba que la atendiera su mama y ni la miraba. Una vez que estaba observando la vidriera que acababa de reparar, ella pasó delante de él con el odio más vivo dibujado en su cara, la cual se afeó notoriamente. Ella me ama, pensó Carlos, sólo se odia en esos términos a quien se ama. Pero no duro mucho ese odio, al día siguiente ella fue hasta la cerrajería llevando una nueva tanda de folletos, los cuales tenían su foto en la portada. Ella vivia en el mismo edificio que vivía él, pero por una razón que nunca se explicó del todo no fue sino en su negocio que la vio por vez primera.
Como estaban por cerrar la cerrajería debido a dificultades financieras, y sabedor de que probablemente no la vería más, Carlos tomó uno de los folletos y, ya que los mismos tenian la foto de ella, lo atesoró en lo profundo de su biblioteca.
Una vez cerrado el negocio, Carlos se dio al culto casi idolátrico de aquella mujer de divina belleza. Toda su consciencia estaba teñida por el amor vivísimo que le profesaba en silencio. Sabía que ella, pese a corresponder a su amor, lo consideraba de inferior condición y esto le vedaba ir a buscarla. Se resignó a hacer de su amor una religión silente desahogando en la lectura y escritura de poesias su pasión, En uno de sus poemas escribio: “Este amor es el modo que encontró Dios para que, amándote, lo llegara a amar a Él”. Realmente el amor de Carlos por su amada se parecía más a una devoción religiosa que a una pasión amorosa. Ella era su diosa, su absoluto. Habiéndose entregado al estudio de la Cábala, descubrió algo que lo dejó perplejo. El tetragramaton, el nombre secreto de Dios de cuatro letras, nunca habia sido alcanzado por persona alguna, dicho nombre sacro, de ser descubierto, conferiría poderes inimaginables a su descubridor. El nombre de ella... ese nombre le laceraba, le parecía un idioma y una poesía de una sola palabra, el universo entero se cifraba en el mismo para Carlos. ¿Las letras de aquel nombre (despues de todo un tetragramaton es un nombre de cuatro letras), acaso no sería el oculto nombre de la Deidad, o tan siquiera una pálida sombra en el verbo del arquetipo del nombre divino? ¿No sería acaso aquel increíblemente bello sonido el Umin y el Tumin que Dios le estaba obsequiando para entenderlo como persona alguna logró hacerlo? Sintio que Dios le estaba confirmando su inconcebible deduccion... lo que no pudieron todas las artes mágicas, la erudicción, los conjuros de los cabalistas, lo pudo el humano y divino amor. Carlos habia dado con El Nombre, y Dios, que desde siempre lo había buscado y ahora lo encontraba como nunca encontró a ningún mortal, le concedió el máximo de todos los dones... un amor eterno, un perpetuo idilio con su alma gemela. Cuando su corazón se detuvo, lo primero que vio fue a su amada, que también había cruzado la gran barrera, diciéndole que ella no se consideraba digna de un muchacho tan especial, que sólo en ese sentido había sido selectiva.

Amor ideal (prosa poética)

Te espero, amada, te espero porque te he entrevisto en algunos dorados ensueños. Te espero porque aún no he vivido un amor eterno. Te aguardo, mágica doncella de onirica sustancia, porque he descubierto que el amor de pareja es en la mayor parte de los casos la unica eternidad que se termina. ¡Cuántos te quiero fueron quebrados ante mis ojos como vasijas huecas que no contenían la anhelada agua del amor puro! Promesas... declaraciones ampulosas... latidos falseados por un amor fallido. Los únicos sentimientos que tenemos derecho a entregar son aquellos que no mueren, todo lo demás no es otra cosa que una ensañada mentira, porque, ¿acaso engañarse a sí mismo con promesas huecas no es una forma de defraudar a quien vio en nosotros algo sólido? Por eso yo esperaré los amores de un ángel. Dios ha insuflado en los ángeles el don de la infalible veracidad, y si un ángel me dice que me ama no habrá motivos para dudar de ese amor. Yo entonces me pregunto, ¿habra ángeles humanos? En el decurso de mis pasos por esta Tierra, ¿daré con quien estando sujeta al tiempo sucesivo pueda prometer amor? (Va de suyo que el amor que me prometa este ángel humano será eterno, pues, por definición, en el verdadero amor alienta la eternidad). Yo la espero. En las noches en que el insomnio hace brillar mi alma como un manojo de plenilunios exaltado me siento, arrullado por olas de un mar de sentimientos que rompen contra los acantilados de mi exaltacion. Miro la luna, espejo en el que se cruzan las miradas de los aun por conocerse. ¿Ella estará posando sus pupilas en el disco lunar tal vez anhelando la misma agua que calme su sed de idealidades? Rara agua es el amor, un agua que desaguando en el corazón aumenta la sed. Amada, te hablo a ti como si estuvieras a mi lado porque sé que de alguna manera ya estamos juntos. Sólo falta la íntima fusión del abrazo y la poesía divina de besos rimando besos. Cuando mis ojos encuentren el espejo de tus ojos veré la luz que soy, que entonces será tuya

Me presento en la sociedad de las palabras (conocida como literatura).

Mi nombre "en la vida real", es Esteban Edgardo Rodríguez, pero en el universo literario, (debo decir que en los más alejados suburbios del universo literario), mi apelativo es "Mistered". Creo, parafraseando a Borges, que el pensamiento no es patrimonio de unos cuántos nombres ilustres. Todos, si así nos lo proponemos, podemos ejercer el maravilloso arte de pensar, pensar en términos amplios, abrevando en esta o aquella corriente o escuela de pensamiento, pero manteniendo la autarquía, la autonomía en el pensamiento que se traduce en una feliz espontaneidad, en la observación, elucubración, razonamiento y posterior conclusión, siendo esta conclusión siempre sujeta a posteriores revisiones, consideraciones, cuestionamientos y eventuales refutaciones. Las palabras pueden ser afilado escarpelo o dúctil pincel, depende de las cuestiones que estemos abordando. A mi me fascina la cuestión de los límites. ¿Cuándo un hecho, un fenómeno, un factor cualquiera, deja de ser lo que es para pasar a convertirse en otra cosa? Me suele pasar con las épocas; el tiempo arremolina sobre un núcleo llamado "época", circunstancias, lugares, personas, objetos, y, debido a un instinto que nos hace adaptarnos a lo que nos toca vivir, nos "aquerenciamos", con esa época, con sus modos, sus hábitos que nos confirman, hasta que el tiempo, que fluye sin cesar, va desdibujando a veces lentamente, a veces de modo brusco, esa época que "va siendo sido", y desde una nueva época, que llegó no sabemos bien cómo, nos damos cuenta de que empezamos a añorar la época pasada. "La palabra te lo dice", frase hecha, si las hay; bajo este título intentaré honrar ese maravilloso don de la palabra (todo lo que me sea posible), y plasmar "a mi manera", en forma de ensayos, cuentos, narraciones varias, poemas, todo lo que vaya sucediendo en "el universo real" "el universo literario" y por sobre todo en el universo interior, en ese "reino olvidado", que se extiende allende las palabras, en la inmensa región del espíritu, del que soy gozoso navegador.