lunes, 29 de junio de 2015
Yo soy el que soy (micro ensayo teológico)
Cuando Moises se encuentra por vez primera con Dios, le pregunta por su
nombre y la Deidad le responde: "Yo soy el que soy". A Jorge Luis Borges
le fascinaba este "nombre" de la divinidad. "Yo soy el que soy" es
decir el ser de seres, el ser de todo cuando tiene ser, de todo cuánto
tiene entidad. Esta forma en que Dios se nombró a si mismo, nos remite
directamente a la eternidad. Se supone que la eternidad es la cesación
del transcurso espacio/temporal. El "río" del tiempo por fin desagua en
el mar del no tiempo, en lo eterno. El tiempo gramatical y existencial
de Dios es el presente simple "Yo soy", ontológicamente hablando, este
presente simple se corresponde con la eternidad, con el no flujo del
tiempo, con un continuo presente, en tanto que el tiempo gramatical y
trascendental que nos corresponde a los que estamos inmersos en el
devenir del tiempo es el gerundio, nosotros "estamos siendo", sólo Dios
"es", nosotros venimos a ser, ya que el tiempo nos modifica a cada
instante. En el universo material, todo fluye, todo es modificado por el
transcurrir del tiempo, pero allende la actividad cósmica y su
resultante mas inmediata; el tiempo, se extiende un "oceano" de
no-tiempo. Esta eternidad es infinita, pues por definición lo eterno no
acaba nunca. Es en esta eternidad en la que podemos hallar a Dios, según
la Biblia El es "El Rey de la Eternidad", no habiendo sido creado una
vez, jamás tendrá fin. Los ateos declarados no saben que hacer con
conceptos como "eternidad", "infinito", y otros términos que denoten la
inexistencia de límites. No podemos concebir el infinito sin remitirnos a
la idea de Dios, pues lo infinito abarca todo cuánto nos es dable
imaginar, desde el átomo y el microcosmos de partículas subatómicas
hasta un poder omnímodo, responsable de todo lo creado, poder este
innegablemente inteligente, dado que del mismo emergío un cosmos
altamente ordenado, omnipotente, en vistas del universo que creó, y
eterno, toda vez que se halla ubicado fuera del tiempo. Este razonamiento
difícilmente pueda ser rebatido por ateo alguno, y conlleva
inevitablemente la idea de una Deidad todopoderosa. Rechazarla no
disminuye Su Divinidad. En todo caso disminuye nuestro cuántum de
inteligencia en el sentido amplio de este término.
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