lunes, 29 de junio de 2015

Afrodita (cuento)

Hacía un tiempo largo ya que Carlos estaba inmerso en estas pesadillas. Estos malos sueños, densos, lúgubres, poblaban sus noches afiebradas con un argumento recurrente, casi excluyente; los cementerios. Se veía a sí mismo deambulando de noche entre los sepulcros abiertos como heridas macabras en la tierra. Podía contemplar con hórrida lucidez y tétrico detalle esqueletos de los cuales lo que más le espantaba era el indefinible color de los huesos. Solía despertarse con la sensación de estar él mismo yaciente en una fosa. Aquello era demasiado, tenía que acabar con esos sueños antes de que esas repelentes ensoñaciones acabaran con él. La solución propuesta por su psicoanalista lo sorprendió y en principio le hizo rebelarse; visitar a diario cementerios era lo último que quería hacer, pero según dijera la Dra. Campos, Carlos no tenía otro modo de exorcizar su temor que tomar íntimo contacto con el objeto de sus temores más soterrados.
Un domingo de abril, después de haber estado juntando coraje toda la mañana, ingresó al cementerio de La Chacarita, una inmensa necrópolis tapizada con sepulturas, ora primorosamente cuidadas, ora abandonadas. Su mayor temor era encontrarse con una tumba abierta que le hiciera ver los tan temidos esqueletos. La doctora Campos terminó teniendo razon, lo que en un principio resultara ser un penoso deber para con su salud, terminó convirtiendose en un paseo agradable. Paseaba su mirada sobre la empalizada de lápidas y cruces y hondos pensamientos afloraban a su mente de filósofo en cierne. Sí, ya lo habia decidido, sería filósofo y un filósofo debe alejar de su mente todo temor. El frontón de nichos era como un damero donde los que habían jugado el juego de la vida encontraban ahora su lugar en ese juego que la muerte siempre gana. La mayoría de los nichos tenían flores frescas. Los ojos de Carlos recorrieron lentamente las placas de bronce y casi sin darse cuenta comenzó a musitar los nombres que iba viendo. Claudia, Ana, Dora...Y Afrodita. Toda su atención se concentró en ese nicho descuidado. La placa aherrumbrada de bronce hablaba de un abandono prolongado. Cuarenta años habían pasado desde que Afrodita fuera colocada en ese nicho y ya no había flores que vigilaran su muerte. Tal vez su leve peso agotó las fuerzas de unas frágiles manos ya crispadas sobre la nada o quizás simplemente se olvidaron de ella. El frente del nicho tenía una rotura que permitía ver parte de la osamenta. Paradójicamente Carlos no sintió temor sino que fue embargado por una oleada de ternura. Afrodita... Aquella mujer se habrá sentido diosa con ese nombre a cuestas. El nicho lucía una ajada y amarillenta fotografia de Afrodita. Realmente fue una bella muchacha. Las fechas fatales permitieron darse cuenta a Carlos que Afrodita tenía tan solo 20 años cuando murió. Un ciego impulso le hizo robar una flor del nicho vecino y con mano trémula y vista nublada por la emoción la colocó al lado de la foto de Afrodita. Carlos estuvo haciendo averiguaciones con el cuidador de esa sección del cementerio. Preguntó por los familiares de Afrodita. ¿Que quién era él? Era un estudioso, mintió con rapidez, un filólogo que quería saber dónde estaban los restos de Afrodita. Como uno de sus actos póstumos, Afrodita dejó en una biblioteca la entera colección de sus poesías. Ella fue una poetisa consumada, dijo Carlos mintiendo con naturalidad, y dejó verdaderas gemas de la poesía. El cuidador del cementerio, que también escribía poesías, se interesó vivamente en lo que Carlos le narrara y le pidió como favor especial que le mostrara algunos de aquellos poemas.
Carlos comenzó a sentir una irrefrenable necesidad de visitar el nicho de Afrodita. Le llevaba flores, le lustraba la placa de bronce y hasta pagó de su bolsillo para que repararan la grieta del nicho a través de la cual se veía la osamenta. Sentía una ligazón incomprensible con aquella mujer perdida en la noche de los tiempos. Pero ahora había que escribir las poesías de Afrodita para mostrárselas al cuidador, quien no le perdía pisada entusiasmado por la posibilidad de leer una bella poesía inédita. Carlos se sentó frente a su escritorio. Él, cuando chico, le escribió unos poemas llenos de guasa a una compañerita del colegio de la cual estaba enamorado, pero en rigor de verdad nunca había escrito verdadera poesía. Era medianoche. Una luna enorme asomaba por entre los pinos situados en frente de su casa, Tenía frío. Su mente estaba como nublada, ¡Afrodita! Dijo con ternura reconcentrada. Prorrumpió en un sollozo. Afrodita se merecía el mejor de los poemas. ¡Afrodita! Repitió, como invocando a una diosa. De pronto sintió un súbito escalofrío, la mano se crispó sobre la reluciente lapicera y la poesía comenzó a fluir. Estuvo escribiendo toda esa noche, escribió, escribió y escribió presa de un frenesí irrefrenable. Escribió hasta pasado el medio día, sin sentir cansancio alguno. Al terminar de escribir tenía unos dos centenares de poemas exquisitos, de una absoluta belleza. Al día siguiente fue hasta el cementerio y le mostró algunos de los poemas al cuidador, quien se quedó sin aliento. Eso lo escribió Dios, dijo el cuidador... o un ángel, replicó Carlos. Afrodita le había inspirado desde su recóndito cielo esos poemas en virtud de la ligazón que Carlos tenía con su alma, bella, luminosa, la que sin duda estaba muy cerca de la Divinidad.
A Carlos se le ocurrió una idea, Haría copias mecanografiadas de los poemas de Afrodita y luego diría que los originales se perdieron en un descuido. Carlos le mostró los poemas a la Dra. Campos quien tenía extensos contactos con el mundo de la literatura. Le dijo lo mismo que le dijera al director del cementerio, que los poemas eran de Afrodita. Académicos, poetas renombrados, editores, todos se maravillaron de que una poetisa volviera de la muerte para darle al mundo su poesía. Los restos de Afrodita fueron llevados a pulso por literatos eminentes hasta el panteón de escritores. En la reluciente placa se podían leer unos versos que, según Carlos, Afrodita le dedicara a un amor imaginario con el que soñaba: “En la noche interminable de la muerte llevaré tus palabras como lámpara”.

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