Cuando
decidieron poner ese negocio, mixtura de cerrajería y casa de
reparaciones eléctricas, Carlos y su madre se abocaron a la búsqueda del
local más apropiado y cuyo alquiler mejor se adecuara a su limitado
presupuesto. Fue así que Carlos erró por las calles del barrio porteño
de Caballito, en busca del local que mejor se aviniera a sus
necesidades. Él, asi lo esperaba, tendría en ese negocio la oportunidad
de conocer alguna mujer de la que enamorarse y quien correspondiera a su
amor, por eso queria que el escenario de ese eventual romance tuviera
lugar en el barrio que más amaba.
Caballito
es un barrio de clase media, muy bonito, según el consenso general,
donde se alternan casas de altiva belleza con edificios modernos y
vistosos. Se trata del centro geografico de Buenos Aires, y al decir de
Carlos bien podria ser el centro del alma porteña. Después de una ardua
búsqueda, que incluyó varias visitas a inmobiliarias, no dio con ese
local. Cansado de tanto caminar, se sentó en un banquito del Parque
Rivadavia. Mientras disfrutaba insensiblemente de la gravitación del
parque y del barrio donde ese parque está engastado, se le aproximaron
dos predicadores estadounidenses de la religion mormona. Lo primero que
le llamó la atención fue el tipo fisico de aquellos predicadores.
Anglosajones puros, sus rasgos le parecieron hondamente distintos a los
de los habitantes de Buenos Aires. Uno de ellos, hablando un español
correcto pero con fuerte acento norteamericano, le preguntó si estaba
dispuesto a aceptar que Jesús es el hijo de Dios, mientras el otro
predicador le mostraba una pequeña estampa que Carlos, por su miopía, no
alcanzó a descifrar, pero que obviamente debia aludir a la religión que
le estaban predicando. Carlos dijo que sí, que aceptaba ese hecho y en
una brusca mezcla de asuntos celestiales y terrenales les dijo a los
predicadores que él estaba buscando un local donde montar un negocio de
cerrajeria y reparaciones electricas. Inopinadamente, los mormones se
ofrecieron a ayudarle en el montaje del local. Carlos les agradeció y
les preguntó dónde podían ser hallados. Ellos le dieron el dato
requerido y sin dejar de sonreír se fueron, no sin antes dejarle la
estampita que le habían mostrado. Carlos la contempló con atención. En
el reverso de la misma, podía leerse un sucinto informe de los orígenes
de la religión mormona. Según este informe, al fundador de esta
religion, Joseph Smith, le fue revelado el Libro de Mormón mediante el
uso del Umin y Tumin, un talisman que Dios le deparó como milagro
personal. Al influjo de dicho talisman, Joseph Smith tradujo unas
planchas de oro que Dios le hizo llegar de modo milagroso y esa
traducción es lo que hoy se conoce como el Libro de Mormón. A lo largo
de su vida, Carlos fue abordado por predicadores de cuanta religion
existe, católicos, evangelistas, Testigos de Jehova, budistas, Hare
Krishna, Adventistas del séptimo día... era, según pensó, como si Dios
lo estuviera buscando. Dios me quiere entre sus prosélitos, pensó, pero
yo no soy muy religioso y no quiero fingir una devoción que no es mía.
Creía en Dios, pero su creencia era vaga y difusa y ninguna religión
podía dar orden y forma a esa creencia. No era agnóstico, pero prefería
tomar directo contacto con la Deidad a permitir, en el desarrollo de su
espiritualidad, la intermediación de la religion organizada.
Un
dia que Azucena, la madre de Carlos, se cruzó al pequeño mercado
situado en frente de su casa para preguntar por unas máquinas de
cerrajería, la dueña del mercado le ofreció el local donde estaban
expuestas esas máquinas. Carlos fue embargado por sensaciones
contrapuestas; por un lado el local estaba lejos de Caballito, el barrio
que tanto amaba, pero por otro lado la cercanía del negocio con su
hogar le haría mas fáciles las cosas al no tener que viajar todos los
dias. Luego de algunos regateos cerraron trato. Ana, la hija de la dueña
del mercado, era una mujer de unos treinta y cinco años, morena, de
largos cabellos, su condicion de abogada le confería una cierta
precision al expresarse, no exenta de amabilidad, Ana realmente era una
persona cálida y simpática. Carlos creyó ver en ella algo más que
simpatía, se había enamorado de ella. Ana estaba casada y tenía dos
hijos, por lo cual Carlos reprimió su amor naciente y se limitó, como
había hecho en tantas otras ocaciones, a rendirle un culto silente a su
amada.
Carlos
y su madre, luego de trabajar árduamente, consiguieron poner el negocio
en condiciones de ser inaugurado. Pintado de blanco, adornado
profusamente, parecia más una pequeña boutique que una cerrajería. A sus
treinta y cuatro años, Carlos encaraba la inauguración del negocio con
el entusiasmo de un adolescente.
Ana
tenia su oficina contigua al local de Carlos. Su presencia gravitaba
sobre la mente y el corazón de él. El trabajo en el negocio era intenso y
Carlos se veia por momentos abrumado, toda vez que apenas podía
concentrarse en los quehaceres cotidianos debido a que no le era posible
dejar de pensar en Ana. Grande fue su sorpresa cuando uno de los
empleados del mercado le dijo que tanto Ana como su madre eran pastoras
evangelicas... ¡Dios me esta buscando! Pensó con una mezcla de emoción y
aversión. Creyó que jamás podría hacer que Ana incurriera en pecado
adulterando con él, siquiera con el pensamiento, toda vez que estaba
consagrada al Supremo, por lo cual, determinó en su corazón hacer todo
lo posible para desenamorarse de ella. "Dios, suplico, envíame una mujer
libre de compromisos a la que pueda amar siendo correspondido en mi
amor".
Pasaron
los meses y el amor de Carlos por Ana se fue apagando como un lento
atardecer, tanto más que ella apenas aparecia por el mercado. Una tarde,
antes del cierre del negocio, llegó una mujer pidiendo que le hicieran
una copia de sus llaves. Carlos en un principio la atendió
rutinariamente, hasta que reparó en su belleza. De rostro triangular,
con pómulos salientes, pelo castaño mas bien corto y unos ojos
increíblemente celestes y claros. Tenia un muy raro nombre de cuatro
letras, que por lo que se verá luego, no se puede desvelar. Carlos
escuchó ese nombre como quien comprende al fin la belleza de la música
de Mozart. ¡Qué bello nombre! Pensó, un nombre que penetró en su mente y
en su corazón con fuerza arrolladora. El enamoramiento fue fulminante,
tanto más que Carlos advirtió en esa preciosa mujer, maravillado y
henchido de felicidad, que su amor era correspondido. El amor por ella,
sobrepasó al instante todos los amores que hubo tenido, fue como si
hasta ese entonces su corazón no hubiera entendido del todo el lenguaje
del amor, lenguaje que, si el amor es lo suficientemente grande, se
disminuye a las módicas proporciones de una sola palabra, un solo
nombre... el de ella. Habian pasado tan solo diez minutos pero toda la
eternidad transcurrió en ese lapso. Terminó las llaves y, con pulso
trémulo, se las entregó al tiempo que le sostenía la mirada ahondándose
en esos ojos de cielo como en lo profundo de un mar.
Ella
militaba en el partido humanista y, la vez siguiente que fue al negocio
de Carlos, le llevo una serie de folletos que ella misma había hecho
imprimir, a los efectos de que los repartiera entre su clientela. Carlos
leyó el breve editorial de ese folleto escrito por su amada y se
enamoró más aún de ella. Detrás de esos ojos celestiales alienta un alma
bella y noble, pensó.
Ella
concurría con asiduidad al negocio de Carlos, según ya advertía él, con
meras excusas para verlo. Un día, al darse cuenta que la mayoría de los
folletos que ella habia llevado al negocio no se habian distribuido, le
pidió a Carlos que los repartiera sin restricción alguna. Carlos le
contestó que él se mostraba selectivo en la entrega de esos folletos
para que llegaran a personas calificadas a los efectos de comprender el
mensaje que en los mismos se transmitía. Ella hizo un mohín y le espetó:
"No te muestres selectivo con la gente, porque si yo hubiese tenido un
criterio selectivo con vos no te habria encarado". Carlos no respondió
palabra pero sintió que su amada le clavaba un puñal en el corazón. ¿Qué
le quiso decir con eso? ¿Le consideraba acaso una persona de baja
condición social? En todo caso, ¿por qué se lo echó en cara si lo amaba?
Carlos dejó prevalecer su orgullo y de ahí en adelante tendió un manto
de silencio sobre ella.
Cuando
aquella mujer iba al negocio, Carlos dejaba que la atendiera su mama y
ni la miraba. Una vez que estaba observando la vidriera que acababa de
reparar, ella pasó delante de él con el odio más vivo dibujado en su
cara, la cual se afeó notoriamente. Ella me ama, pensó Carlos, sólo se
odia en esos términos a quien se ama. Pero no duro mucho ese odio, al
día siguiente ella fue hasta la cerrajería llevando una nueva tanda de
folletos, los cuales tenían su foto en la portada. Ella vivia en el
mismo edificio que vivía él, pero por una razón que nunca se explicó del
todo no fue sino en su negocio que la vio por vez primera.
Como
estaban por cerrar la cerrajería debido a dificultades financieras, y
sabedor de que probablemente no la vería más, Carlos tomó uno de los
folletos y, ya que los mismos tenian la foto de ella, lo atesoró en lo
profundo de su biblioteca.
Una
vez cerrado el negocio, Carlos se dio al culto casi idolátrico de
aquella mujer de divina belleza. Toda su consciencia estaba teñida por
el amor vivísimo que le profesaba en silencio. Sabía que ella, pese a
corresponder a su amor, lo consideraba de inferior condición y esto le
vedaba ir a buscarla. Se resignó a hacer de su amor una religión silente
desahogando en la lectura y escritura de poesias su pasión, En uno de
sus poemas escribio: “Este amor es el modo que encontró Dios para que,
amándote, lo llegara a amar a Él”. Realmente el amor de Carlos por su
amada se parecía más a una devoción religiosa que a una pasión amorosa.
Ella era su diosa, su absoluto. Habiéndose entregado al estudio de la
Cábala, descubrió algo que lo dejó perplejo. El tetragramaton, el nombre
secreto de Dios de cuatro letras, nunca habia sido alcanzado por
persona alguna, dicho nombre sacro, de ser descubierto, conferiría
poderes inimaginables a su descubridor. El nombre de ella... ese nombre
le laceraba, le parecía un idioma y una poesía de una sola palabra, el
universo entero se cifraba en el mismo para Carlos. ¿Las letras de aquel
nombre (despues de todo un tetragramaton es un nombre de cuatro
letras), acaso no sería el oculto nombre de la Deidad, o tan siquiera
una pálida sombra en el verbo del arquetipo del nombre divino? ¿No sería
acaso aquel increíblemente bello sonido el Umin y el Tumin que Dios le
estaba obsequiando para entenderlo como persona alguna logró hacerlo?
Sintio que Dios le estaba confirmando su inconcebible deduccion... lo
que no pudieron todas las artes mágicas, la erudicción, los conjuros de
los cabalistas, lo pudo el humano y divino amor. Carlos habia dado con
El Nombre, y Dios, que desde siempre lo había buscado y ahora lo
encontraba como nunca encontró a ningún mortal, le concedió el máximo de
todos los dones... un amor eterno, un perpetuo idilio con su alma
gemela. Cuando su corazón se detuvo, lo primero que vio fue a su amada,
que también había cruzado la gran barrera, diciéndole que ella no se
consideraba digna de un muchacho tan especial, que sólo en ese sentido
había sido selectiva.
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